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Archive for the ‘Cajón de sastre’ Category

Los Navegantes del Palomar desde Urueña, La Villa del Libro
Se fue el otoño en hojas; pero los libros las tienen perennes. Llegado el invierno, es amable hallarlos al entrar en casa, y percibiendo su respiración insufladora dejarte tomar por su mano y perderte con ellos en el bosque foliado, a la luz que dan –si las has apagado–, las pantallas del televisor vertiginoso, de la hipnótica tableta computadora, del tabléfono inseparable, del móvil impertinente, y de toda la cursi elegancia electrónica e informática con monitor que saquea nuestros bolsillos.
Claro que un e-reader puede secuestrar en sus circuitos sin manteca mil libros, dos mil –y hasta llegará el día que tenga robados, ¡ay explosiva paradoja salvadora!, sin cuento de ellos: más de los que existen y existirán–, y mantenerlos a voluntad, por su mega o giga-virtud, invisibles, “desatomizados”, desnutridos, sin tomo ni lomo, ni cubiertas, ni tripa, es decir sin sus partes, en su bit-teca alarmante.
Y ese día llegará a casa el lector y entrará sin que en ella haya libros, que sus 40.000 vaporizados los lleva compungidos, comprimidos, todos virtualmente diluidos  y disparatadamente inabordables, bajo el brazo en un mini pad o en una nube desnaturalizada. Entrará en el hogar, y en él no habrá hojas de tinta ni en primavera, ni en verano, ni en otoño…, ni en el invierno, ¡cuando tan humano y divino es irse a la cama con un pequeño volumen, tierno como un bebé, que se abraza a ti, después de los arrumacos de la lectura, en el instante en que, habiéndote vencido el sueño, abierto lo dejas caer sobre tu pecho!

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Los Navegantes del Palomar desde Urueña, La Villa del Libro

Asista a los libreros san Jerónimo, que es nuestro patrón, cuando un exuberante lote de libros sobrevolando la tienda de viejo o sus almacenes viene a posarse en nuestra cabeza, en nuestros cultivos de pensamiento, en nuestros prados de memoria. Así como a un lote de aves prieto se le llama bandada, a una bandada de alados libros se le dice lote.

Pensando en estos azotes y en los estragos que en los trigos de nuestra inteligencia está haciendo este averío de libros a lo largo de casi un lustro, que llevamos de tenderos en Urueña, dimos en revolver escritos y supimos, primero, que el número de libros distintos que se han echado a volar sobre la tierra es de 129.864.860; y luego, que el ave más numerosa del mundo es (¡qué carambola, san Jerónimo bendito!) el quelea común, cuyo nombre binomial es, para más inri o lógica patafísica, Quelea quelea, o sea, que-lea-todo-el-rato.

Teniendo en cuenta que el número de ejemplares de quelea sin parar que hay en el mundo es de mil quinientos millones, y que las parvadas de este ave paseriforme (cuyo tamaño, en léxico de bibliófilo, es en doceavo), echadas a volar sobre un lugar, pueden estar pasando sobre él cinco horas seguidas, ayude el santo patrón a soportarlas estragando la superficie de cualquier biblioteca babilónica… “¿Pasando por el cielo durante cinco horas seguidas?”… ¡Tampoco es tanto!… Dice Víctor Hugo en su poema “El niño” que un caballo, corriendo al galope sin parar, tarda más de cien años en cruzar la sombra del sagrado árbol de tuba, el árbol del Paraíso.

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Caído el lomo del libro viejo en el cuenco de una mano, bien acomodado el volumen en silla de dedos, cuando al azar lo abres con la otra y con el pulgar acaricias el canto delantero de las hojas, presionando para que pasen como si les infundieras con la yema soplo de brisa ligera, él, el libro, cuchichea y cuenta a veces sin discreción alguna,  invadiendo parcelas de intimidad a las que no ha sido invitado, lo que supo cuando vivía en anaqueles de una discreta biblioteca particular, porque entró entre sus páginas, hoy polvorientas,  un billete, una esquela, una carta que se oculta.

Apenas hace un mes compramos libros a un matrimonio entrado en años. Salía el hombre de una operación. Se recuperaba y volvía a latir con cierto ritmo; pero tenía fatigado el corazón y la entraña de los ojos muy gastada. Ya nunca podría leer. Nos resultó evidente que la mujer, bastante más joven que su octogenario marido, no quería nada a los libros, los despreciaba contenidamente; vio llegado el momento de librarse de ellos y nos llamó.

Una vez que los sacamos de las cajas de cartón donde los habíamos transportado y cuando con el pulgar acariciábamos sus hojas por el canto delantero, uno de ellos, de la Guerra Civil precisamente, despechado por el desalojo, me dijo:

-¿Sabes? Él era de familia con posibles y tenía estudios; ella era casi analfabeta y la criada de la casa. Venga, toma y lee esta carta. ¿Ves los trazos?… Fíjate en las faltas de ortografía… La dejó embarazada . ¡Vamos, lee en alto!… “Tan vien te digo que bas a tener un ijo pero no te perocupes porfabor ben a casa.”

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librosred

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Al crepúsculo de una de las primeras tardes de enero, al calor de una estufilla de butano estaba en la librería un niño de alrededor de seis años, que había entrado sin prisas en la tienda con sus padres, viendo con sumo cuidado y deliciosa concentración tres cuentos de la editorial Montañas de papel: El oso Juanón, El hermano lobo y Martina la lince. Tras mucho ir vacilante del uno al otro, decidió que quería los tres.

–Uno –Dijo la madre.

–¡Dos! –Dijo el niño.

–¡¡Uno!!

Abierta la puerta de la librería y a punto de salir con el oso Juanón, dijo el niño:

–Cuando lo lea, lo devuelvo y me llevo otro.

–Te estás confundiendo –le advirtió el padre–; esto no es una biblioteca, es una librería.

–Has comprado al oso Juanón, y ya es para ti para siempre –Dijo la madre.

–Pues cuando pase la crisis venimos y me compro a la lince y al lobo –Prometió el niño.

En El Rincón Escrito, los estacionarios, que así nos llama Alfonso El Sabio a los libreros, nos miramos perplejos.

–¿Has oído? –preguntó la librera– ¡Hasta la mienta el niño del oso!

–¡Ya sabe hablar de ella!… ¡Esto  es un circo! –Concluyó el librero.

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A las cinco de la tarde de un soleado día de principios del pasado octubre de crisis, sí, a las cinco aproximadamente, tratando de meter en vereda en el almacén un tumulto de libros (o sea, de apaciguarlos en las estanterías, que vienen a ser como superpuestos caminos donde tenerlos quietos), se nos derrumbó un doble cuerpo de librería con dos mil de ellos. El afanoso librero, amen de en la sien izquierda ser confirmado por un libro contundente, que directo le llegó volando con sus abiertas alas de página, quedó aturdido, vencido y completamente sepultado por media tonelada de volúmenes, de cuyo culto y descomunal abrazo creyó no poder zafarse; mas logró afortunadamente levantar por sus propios medios lo losa impresa.

Ahogados en el exceso de su presencia , los libreros imprudentes y escrupulosos no se enfrentan sólo a asfixiantes y permanentes dudas para clasificar el fondo de sus almacenes, sino también a pesadillas en las que se ven vendidos al oficio por sus propios libros, sin tener derecho durante el año a un  mermado día de vacación porque el negocio se les vendría encima.
En Bartlevy y compañía, un libro de de Enrique Vila-Matas, se habla de los peligros que pueden acontecer dándose uno a escribirlos. Dejamos al prudente, reflexivo lector, a la discreta, inteligente lectora, que ponderen dónde se encierran mayores riesgos, si en alumbrarlos o en albergarlos… Acaso sea el librero de viejo un escritor de lances.

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