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Archive for the ‘CUENTOS DE ATIZA’ Category

El librero Atiza disfrutaba muchísimo atizando libros. Revolvía el fuego que duerme bajo el menudo carbón gráfico de las líneas. Caprichosamente añadía combustible para que ardieran más. Así, por ejemplo, abriendo al azar un libro de Joyce Carol Oates, leyó esta frase: “insistía en que llevásemos diarios honestos como preparación para la poesía
“¡Diarios sonethos como preparación para la poesía!…¡Azar elemental!”, replicó Atiza despabilando el texto con el soplillo de sus pestañas.

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Andaba siempre tan en su oficio el librero Atiza, que se afanaba sacando nuevos textos incluso del polvo de los libros; y está el cuento en que, como la experiencia le había mostrado que al rozar los volúmenes para sacudírselo siempre se le ocurrían ideas, además de plumero usaba plum(aytint)ero.

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Tenía Atiza en su librería, al borde de un anaquel, una docena de tabas delante de los libros, dentro de la tapa de una cajita rectangular de madera que contenía una piedra de afilar de aceite muy usada, y junto a Los cantos de Maldoror abiertos donde dice el conde de Lautreamont: “hermoso como el encuentro casual sobre la mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”. Las tabas provenían de corderos de la provincia de Burgos; la piedra de afilar, de un antiguo carretero de San Pelayo de la Guareña, en Salamanca, que a mitad del siglo pasado también hacía ataúdes, y los Cantos de Maldoror de la editorial “La otra orilla”. Cuando Atiza explicaba el llamativo objeto a clientes curiosos, decía al terminar que allí todo ajustaba como anillo al hueso.

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“Cierto día” contó alguna vez el librero Atiza, “una mujer llamó a la librería ofreciéndome libros. Más o menos una semana después acudí a su domicilio para verlos. Tenía las paredes del salón cubiertas de estanterías que rebosaban volúmenes y la mesa de trabajo desaparecía bajo un número incalculable de variadísimas urnas cinerarias. ‹‹Vendo toda la biblioteca››, dijo la mujer. ‹‹Toda. Urgentemente. A muy buen precio. Me voy de último viaje y necesito cubrir los gastos… ¡Ah!, se la vendo a condición de que se haga cargo, también y sin coste adicional, de la colección de cenizas de los libros que al pasar de los años se me fueron muriendo entre las manos. ›› “

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Cuando llevaba el librero Atiza de feria sus libros, claro está que los marcaba con el descuento habitual del diez por ciento, y además, en lugar preferente del tablero ponía un diez de ciento, esto es, un bloque de diez libros de sabrosísima literatura, escogidos de otro mayor de cien libros suculentos, que mantenía en la despensa separado de otro de mil libros apetitosos. Y es que Atiza no consentía que sus clientes pasaran hambre de lectura.

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El pequeño establecimiento del librero Atiza, muy cuajado de volúmenes de todos los tamaños, estaba situado en una pequeña, atractiva villa amurallada, por donde transitaban turistas con frecuencia. No pasaba semana sin que Atiza viese entrar en su librería alguna mujer que pedía dedales. Esta circunstancia, que le irritó al principio, pues resultaba transparente que la suya no era una tienda de souvenirs, acabó por resultarle familiar luego e interesante al fin, pues comprendiendo que un tendero no debe dar puntada sin hilo, ¿por qué no despachar –se dijo– dedales en una librería con que ayudar a coser el infinito tejido de las historias, teniendo en cuenta que a cada una acaba cogiéndosele el hilo?

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Atiza 3

En los primeros tiempos de su librería, los libros tomaban el pelo al librero Atiza. No sólo se  amontonaban sin urbanidad hasta que conseguían agobiarlo, también le robaban absolutamente el sitio subiéndose hasta en la silla, o desparramándose por el suelo le echaban zancadillas, o se escondían para no reposar en las estanterías, como el niño travieso que renuncia al sueño. “¡Las baldas son aburridas!”, gritaban. “¡Véndenos a un lector desordenado!”, coreaban… Y mofándose le mareaban diciendo: “¡Atiza!, ya sabes, cuando nos vendas, no nos vendes!” Y se lo decían porque al principio en la librería de Atiza no era infrecuente que faltase papel para vendarlos, o sea, para envolverlos.

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X.

Cuando el librero Atiza se quedaba a dormir en la librería, al despertar tomaba notas de sus sueños en el vaho de las ventanas, que luego el sol borraba con su fulgente goma de calor. Cuando le preguntaban al librero Atiza por qué no los hacía consistentes escribiéndolos en papel, respondía. “Porque sólo son humedad de la almohada”.

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VIII
Sacó Atiza a la puerta de su librería una selección de libros, y como hacía algo de viento comenzaron a abanicarse inmediatamente.
–¡Vaya si sois particulares y cómo os gusta llevar la contraria! –Les amonestó–. Uno se abanica cuando el calor sofoca; pero vosotros no: cuanta más brisa hace, más aire os dais.
–Más exacto sería  que nos dijeses: “mejor os abrís” –Respondieron.

IX
Atiza escribía a lápiz, arriba, en la esquina derecha de la primera hoja, el precio a los libros a medida que iba tasándolos. Con los años, el librero Atiza había llegado a entender perfectamente el parloteo que continuamente mantenían entre ellos los seres con páginas.
–¿Te has fijado? –Escuchó cómo le decía una noche un libro a otro– ¿Te has fijado bien? Apenas llegamos a su establecimiento, este hombre nos asigna un número de preso.
–Es el precio –contestó el otro libro.
–¡Nada de precio: de preso! Cuanto más alta sea la cifra, peor la condena, más tiempo permaneceremos encerrados.
Desde esa noche el librero Atiza ponía tan baratos los libros que ellos, apenas entraban en la librería, ya se sentían en libertad.

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I

Se citó atiza, consumida ya la tarde, con otro librero para asar un libro. Habían elegido uno poco conocido de Jack London: El vagabundo de las estrellas. El encuadernador con quien previamente habían quedado de acuerdo, en un abrir y cerrar de pastas añadió un asa en el lomo del volumen. Atiza y su colega, turnándose para no fatigarse con el peso del argumento, llevaban el libro por el asa, y con tan repleta maleta, arropados con suave emoción, subiéronse al vagón de la noche, que desde el fin de la tarde viaja hasta el amanecer.

II

En la pequeña librería de Atiza cabíase de momento a pesar de los libros. Así como en las ciudades que crecen se busca continuamente suelo edificable, en su tienda de libros exploró a conciencia Atiza dónde había hueco o trozo de pared baldable, estanteriable; pero habiendo llegado a la conclusión de que ya no había posible tramo, en la trama de los libros, por aproximación fonética, quería descubrir cómo colocar anaqueles.

III

Progresaba la madrugada y todavía a vueltas andaba el librero Atiza con sus anaqueles.

–Ana, ¿qué lees? –preguntó Atiza, bromeando en la poblada soledad de su librería.

–No leo; sostengo libros –le pareció que susurraba Ana.

¿Pero qué Ana susurraba?… ¿Karenina? ¿Frank? ¿Bolena? ¿Nin?…  ¿cuál de ellas, de la poblada soledad?… ¿Soledad?… ¿Cuánta?… ¿Cien años?… ¿La del corredor de fondo?…

IV

Aún antes de ser librero, había descubierto Atiza que, sembradas en los huertecillos que son las hojas de papel, las letras se desarrollan como las plantas. De modo que en la primavera Atiza dio en buscarles la flor: La flor del a, la flor del be, la flor del ce, la flor del de, la flor del e, la flor del efe, la flor del ge, la flor del hache, la flor del i, la flor del jota, la flor del ka, la flor del ele, la flor del eme, la flor del ene, la flor del o, la flor del pe, la flor del cu, la flor del erre, la flor del ese… A pesar de su notable esfuerzo y de pesquisas laboriosas, de momento sólo había encontrado la flor del té, que él tomaba siempre con limón.

V

A pesar de ser la librería de Atiza de antiguo y de viejo, decía Atiza que era, su librería, de “anticipación”; y no tanto porque también estuvieran sus libros en una base de datos virtual, cuanto porque los argumentos que contenían, los textos con sus capítulos, atravesando hacia adelante y hacia atrás los siglos, viajaban en el tiempo.

VI

–¿Por qué no me abres nunca, Atiza?

Pareció al librero Atiza que un libro de la tercera estantería le hablaba.

–¿Cuál eres tú? –preguntó mirando por encima de los cristales de sus destartaladas gafas de ver de cerca hacia las baldas del centro.

Lo que el viento se llevó –respondió Lo que el viento se llevó con palabras de Margaret Mitchell  y voz de Scarlett O’Hara. E insistió–: ¿Por qué no me abres nunca, Atiza?

–Porque si te abro, Loqu’elvientosellevó –en la intimidad de la librería Atiza se dirigía a sus libros usándoles el título como nombre cristiano–,  temo que me dejes la librería sin hojas en un soplo.

VII

Cuando ya había anochecido, iba el librero Atiza a encender el farol de la puerta; pero vio que la pila de libros que había dejado en la calle para atraer a paseantes refulgía. “¡Ah!” se dijo. “¡En todos los años de mi vida de librero jamás había visto cosa igual: También los libros apilados dan luz!”

No tuvo que investigar mucho para descubrir la justificación del fenómeno. En medio de la pila estaban Las iluminaciones, del poeta Rimbaud., suficientes, por sí solas, para dar luz a toda una vida.

VIII

Sacó Atiza a la puerta de su librería una selección de libros, y como hacía algo de viento comenzaron a abanicarse.

–¡Vaya si sois particulares y cómo os gusta llevar la contraria! –Los amonestó. Uno se abanica cuando el calor sofoca; pero vosotros no. Cuanta más brisa hace, más aire os dais.

–Más exacto sería –respondieron– que nos dijeses: “mejor os abrís

IX

Atiza escribía a lápiz, arriba, en la esquina derecha de la primera hoja, el precio a los libros en cuanto acababa de tasarlos. Con los años, el librero Atiza había llegado a entender perfectamente el parloteo que continuamente mantenían entre ellos los seres con páginas.

–¿Te has fijado? –Escuchó cómo le decía una noche un libro a otro– ¿Te has fijado bien? Apenas llegamos a su establecimiento, éste nos asigna un número de preso.

–Es el precio –contestó el otro libro.

–¡Nada de precio: el preso! Cuanto más alto es el número, mayor la condena, más tiempo permaneceremos encerrados.

Desde esa noche el librero Atiza ponía tan baratos los libros que ellos, apenas entraban en la librería, ya se sentían en libertad.

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