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Archive for the ‘Pedro Luis de Gálvez’ Category

Pedro Luís de Gálvez podría ser el prototipo del bohemio escritor de los años 30, si no fuese porque un personaje tan atribulado y complejo difícilmente podría encajar en molde alguno. Era, en esencia, un espíritu anárquico que se movía al son de un capricho, de un anhelo o de un duro con el que pagar su eterna deuda. Un bohemio, sin duda. Ahí se le ve, en cualquiera de los templos del café y el vino barato, rumiando su enésima aventura desde unas tripas, como siempre, llenas de telarañas. Da un salto y está en Cádiz, preso: “reo de lesa majestad y culpable de injurias al ejército”, dicen. Allí escribe un librito -de título poco original, En la cárcel– que tiene la audacia de ganar un concurso nacional de cuentos y, de paso, concederle la libertad. Los miembros del jurado, entre ellos Alberto Insúa, Palacio Valdés o Gómez de la Serna, mueven contactos y consiguen que el reo de lesa majestad deje de merecer cárcel, y vuelve Gálvez a ver el cielo claro de su amada tierra.

No conoce previsión ni medida, y así el dinero se le va en risas y vino aunque ello suponga dormir bajo manto de estrellas. En el banco de cualquier parque rimará versos y sablazos, hasta que las ascuas de sus tripas le hagan correr de nuevo. Por ahí va con un gato en los brazos, que no para comérselo -todavía no-, sino para empeñarlo en el Monte de Piedad. ¿Se ha visto alguna vez algo parecido? El oficial que lo atiende se niega, al principio, a empeñar a un ser vivo, pero Gálvez sabe ser tan convincente (léase pesado y farfullero) que el empleado termina por sacar unas monedas como único remedio para librarse de aquél hombre. Pero ya dobla la esquina Gálvez que el dinero se le ha ido en celebrarlo, y vuelta al sablazo: hoy se hará el muerto y manda llamar al cura, que tenía por costumbre dejar en duro para el entierro de los pobres. Al poco, el cura sale corriendo de la habitación: «¡Pero bueno, qué clase de muerto es este señor que me pide diez duros!». Así era Gálvez. ¿Así era Gálvez?

Para ir terminando, una buena y una mala acción: dicen que salvó al famoso portero Zamora de la muerte, en los inicios de la guerra civil, y quizás para compensar y no pasar por santo se le atribuye la muerte de Pedro Muñoz Seca. Cualquier cosa pudo pasar en aquellos años confusos. Él mismo, por cualquier nadería, acaba de nuevo en la cárcel para ser finalmente ejecutado el 24 de abril de 1940.
Ahí va Gálvez en su último viaje, acompañado de las locas musas del arroyo -que ya echan mano de sus monederos-, mientras recita su penúltimo verso:
“Una espada pendía del testero.
Sobre la mesa de mi padre había
muchos libros, un Cristo en agonía,
la pistola, la pluma y el tintero.
No conocí a mi tío, aventurero,
poeta y segundón. Se refería
que había matado a no se quién,
[ y había
trocado el mundo por sayal frailero.
Corrió triste mi infancia. Meditaba
la abuela hacerme cura.
[Yo escapaba
con otros chicos a jugar al río.
Tenía novia. Fumaba. Era valiente.
Me aburría el latín. Decía la gente:
“¡No harán carrera de él! ¡Sale
[a su tío!”

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